UN DESTINO PELIGROSO
Prólogo
Las gotas de lluvia repiqueteaban contra el asfalto, las hojas de los árboles se acunaban con el viento, los columpios del parque gruñían al moverse… sin embargo, el niño no tenía miedo.
A sus ocho años, se imaginaba que aquella oscura calle que veía desde su ventana era el escenario perfecto para jugar con sus dinosaurios de juguete. A pesar de que su tío le había mandado dormirse hace horas, él no había conseguido conciliar el sueño y tumbado sobre el edredón de su cama, se imaginaba que las gotas de lluvia eran colosales meteoritos que caían sobre sus muñecos.
Saltó de una esquina de la cama a la otra y rápido se ocultó bajó las mantas con su mano fuertemente apretada. Uno de sus dinosaurios de plástico –el gran dinosaurio verde- le acababa de morder en un ataque de ira. Había intentado escapar de un hercúleo meteoro, y ahora estaba furioso y atacaba todo lo que encontraba a su paso. Aplastó un camión de bomberos con dos personas dentro y derribó a otros tres dinosaurios de un cabezazo, sin contar con el atroz asesinato del osito Peludín. Estaba fuera de control. Entonces empezó a correr enloquecido a través del poyete de la ventana y quedó derribado tras estrellarse contra el cristal.
El chico sonrió triunfal. Siempre antes de dormir se imaginaba alguna fantástica historia que vivir con sus peluches, una cualidad probablemente heredada de su tío Jon. Él siempre le narraba numerosos cuentos, a cual más extraordinario.
De pronto una sombra en el jardín llamó la atención del pequeño. Dejando sus utopías a un lado, se acercó a la ventana y entrecerró los ojos para ver mejor: se trataba de un hombre al que no consiguió reconocer, pero que no obstante se acercaba lentamente a la puerta de su casa.
-¡Tío!- llamó el niño inocentemente sin dejar de observar el oscuro jardín–. ¡Ha venido un señor!
Pero su tío no contestó.
El niño se extrañó al no obtener respuesta. Miró por toda la habitación, pero sólo encontró multitud de juguetes esparramados por el suelo. Así que, con el gran dinosaurio verde apretado en su mano, bajó de la cama y se encaminó hacia la escalera en su busca.
Llevaba puesto un pijama azul de botones con forma de barcos, pero le quedaba algo grande y su madre le había tenido que remangar las mangas de las extremidades un par de vueltas.
Asomó la cabeza a través de la barandilla; todo estaba muy oscuro para ver algo. Su pequeña mano se agarró a la balaustrada y, lentamente, descendió peldaño a peldaño por la escalera de caracol.
-¡Tío!- repitió.
No obtuvo respuesta.
El salón estaba oscuro y frío, y sólo se distinguían los sofás de cuero blanco que se empotraban al fondo de la estancia. El pequeño, intentando apartar el miedo de su mente, se imaginó que estaba en el interior de una gruta mágica y que él, y su amigo el dinosaurio, debían correr otra nueva aventura.
Oyó voces y varios pasos en la entrada y aquella fantasiosa idea desapareció de un soplido. Tenía miedo y quería encontrar a su tío. Él siempre estaba a su lado cuando tenía miedo.
Lentamente se acercó a la puerta y tras coger una gran bocanada de aire, la abrió mostrando el húmedo jardín. El viento rozó su hombro descubierto y el niño tembló por el contraste de temperatura.
-Kai, ¿qué haces aquí? – le reprimió la voz familiar de Jon.
Sus ojos eran del mismo color avellana que los del muchacho, pero cargados de una inmensa preocupación. Kai nunca había visto a su tío de aquel modo.
-He visto a un hombre que venía hacia casa…
Pero la excusa de Kai quedó amortiguada con la imagen de la erguida figura que acompañaba a su tío. Se trataba de un hombre mayor, con arrugas en los ojos y un abrigo muy largo y de un color oscuro.
-Kai, vuelve a la cama- le ordenó su tío apartándole de aquél hombre.
Pero Kai no le prestaba atención: miraba fijamente al anciano que le sonreía amistosamente tras un paraguas granate. Tenía los ojos pequeños y de un azul tan claro que parecía gris.
-¿Quién es él? – preguntó curioso.
-Un amigo- respondió con hastío-. Ahora hazme caso y vuelve a tu habitación.
-¿Y ella? – preguntó una vez más cuando descubrió la presencia de una pequeña niña tras la espalda del anciano. No podía divisar su cara –pues ésta estaba cubierta por un chubasquero amarillo-, pero sí unos intensos ojos azul eléctrico y algún mechón rizado de color rojo.
La niña no mencionó tampoco palabra pero movió su mano en saludo al chico. Kai pensó que se parecía a un ángel –o al menos creyó que ese aspecto tendrían si existiesen-.
De repente un brusco sonido llamó la atención de todos, y como por arte de magia, tres hombres vestidos también de oscuro aparecieron en mitad del jardín.
-¿Cómo han llegado ellos aquí?- preguntó Jon al anciano antes de dar un fuerte empujón a Kai introduciéndole en la vivienda.
El pequeño cayó al suelo dejando su muñeco tirado varios metros por delante de él. Apoyando sus manitas en el suelo se levantó lo más rápido que pudo y observó como extrañas luces de colores atacaban el cuerpo de su tío.
Vio como una de esas ráfagas impactó directamente sobre la pierna izquierda de su tío Jon y como acto seguido, ésta comenzó a sangrar.
Alarmado corrió a ayudarle, pero su tío le miró con decisión y extendió su mano hacia él. No llegó a tocarle, pero de alguna forma que Kai no llegó a comprender, una fuerza lo arrastró de nuevo hacia el interior de la casa, golpeándole contra la barandilla.
Lentamente su visión se fue oscureciendo y cayó en el suelo entre ruidos, gritos y luces de colores. Lo último que vio fue a su amigo de juguete mojándose bajo la lluvia.
Buen comienzo! Me recuerda al principio de Memorias de Idhun, rápido, contundente y con acción, como a mi me gusta. La escena del niño jugando en la ventana es genial =)
ResponderEliminarHabrá que estar atento para leer siguientes entregas!